El amanecer de este domingo llegó con el sonido de las sirenas, no con el canto de los gallos. Eran alrededor de las 5:30 de la mañana cuando la quietud del Barrio de San Francisco fue interrumpida por el estruendo de una motocicleta que terminó su carrera contra un árbol en la avenida Ignacio Ramírez.
La calle aún estaba húmeda por la llovizna nocturna, el pavimento brillaba con los reflejos de los faroles y del cielo apenas aclarando. En medio de ese escenario, dos jóvenes circulaban a bordo de una motocicleta, quizá apurados, quizá confiados, sin imaginar que unos metros adelante el trayecto les cambiaría la vida.
El golpe fue seco, brutal. El conductor salió despedido, su cuerpo impactó contra el pavimento, mientras su acompañante quedó malherido junto a la moto destrozada. Vecinos que escucharon el choque salieron entre el asombro y la angustia; algunos intentaron auxiliar, otros sólo alcanzaron a llamar a emergencias.
Minutos después, paramédicos llegaron al sitio, pero poco pudieron hacer. Confirmaron que el conductor había perdido la vida a consecuencia del fuerte golpe en la cabeza. Su acompañante, con múltiples lesiones, fue trasladado de inmediato a un hospital para recibir atención médica especializada.
El árbol quedó ahí, como testigo mudo del exceso de velocidad, del asfalto mojado y de la imprudencia que tantas veces se repite. Con la luz del día, el lugar se llenó de curiosos, murmullos y fotografías. Otro nombre se suma a la lista de quienes encontraron en la carretera su último destino, recordando que entre la vida y la muerte, a veces sólo hay un giro mal calculado.


